Lo que aprendí de mis abuelas

Por- María Parés Ramírez

Mis abuelas han sido mujeres trabajadoras, inteligentes y llenas de vida. Cada una con una personalidad interesante, pero muy distintas entre sí. Lo curioso del caso es que, de alguna manera, me han dado enseñanzas similares. Ideas que se han quedado conmigo por años.

Desde pequeña me preguntaba por qué ambas tenían la tendencia de regalarme prendas. Toda ocasión era buena para regalar pulseras, pantallas (aretes), sortijas; hasta un paseo a la playa era suficiente. Esperaban de mí que al salir de la casa usara, mínimo, unas pantallas; de lo contrario estaría casi desnuda.

La realidad es que nunca he sentido inclinación hacia un estilo demasiado femenino y tener dos personas que me recordaran constantemente que debía arreglarme, me parecía insoportable. Con el tiempo fueron aceptando la derrota; no sería su nieta la escogida como señorita fotogénica. El tiempo también abrió mis ojos y pude entender que con el uso de prendas ellas no pretendían verse bien, sino sentirse bien con ellas mismas. Muchas de sus piezas conservan un valor emocional, tienen una historia hermosa.

Para cada ocasión especial, existe una prenda regalada por una persona igualmente especial. Mis abuelas han cargado a su familia entre sus alhajas y, con el tiempo, yo aprendí a hacer lo mismo. En ocasiones especiales -cuando me siento totalmente hermosa- uso el collar de cuentas verdes que mi hermano me compró ahorrando dinero de su almuerzo.

Mi hermano falleció hace varios años, pero el collar que me regaló me recuerda lo afortunada que fui al tenerlo cerca; me recuerda que siempre he sido amada. Cada vez que uso el collar, soy más hermosa.

Ya en mi adultez temprana tuve la curiosidad -no sé por qué razón- de saber cómo mis abuelas se veían a sí mismas. Como nieta, las veía envejecer, notaba que no tenían las misma fuerza, sus nietos iban construyendo familias. En diferentes ocasiones les pregunté lo mismo a ambas: Cuando te miras al espejo, ¿de qué edad te ves? En cada ocasión sentí la misma sensación de estar brincando al vacío, no sabía qué esperar por contestación.

Ambas veces recibí una de esas sonrisas que te alegra el día y una contestación muy similar: se veían en sus treinta y pico. Mis abuelas se identificaban con el momento en que ya tenían su familia completa, algunas canas, diferentes logros, historias que contar y deseos de continuar. Aún reconociendo su vejez, se veían como personas capaces de lograr cualquier meta.

También aprendí de ellas que llega un punto en la vida en el cual dejas de hacer demasiado caso a personas sin importancia. Cada abuela, a su manera, me dio herramientas para trabajar esta época crucial. Una nunca tuvo miedo de decir lo que pensaba y mandar de paseo “al mismísimo Jesucristo”. La otra aún me recuerda sonreír “con las muelas de atrás” -como toda una dama inglesa- y, luego, hacer lo que me dé la real gana.

Poco a poco he tratado de reconocer cuándo usar cada método: sonrío e ignoro a la viejita imprudente en el supermercado, mando al infierno a otro tipo de persona. Imagino que este concepto puede extenderse a otros aspectos de la vida. Debe tener algo que ver con el whisky que se toma una tía antes de ofrecerse a tocar sus instrumentos musicales favoritos: una cuchara y un caldero.

También debe tener algo que ver con la tía que limpiaba la casa y sus alrededores vistiendo sostén, pantaletas y zapatillas deportivas “todo terreno”. Todavía me falta mucho por aprender. Mis abuelas me han enseñado cuán importante es sentirme bien conmigo misma y vivir en el momento, sin dejar que nada ajeno me perturbe. Me han enseñado a construir mi propia felicidad. Admito que todavía estoy aprendiendo a hacerlo, pero tengo excelentes guías.