Yo no soy de aquí, marinera soy

Por- María Parés Ramírez

Eu não sou daqui 

Marinheiro só 

Eu não tenho amor 

Marinheiro só
 

En los últimos meses –probablemente años- la movilización de puertorriqueños fuera de la isla ha llamado la atención de estudiosos, analistas y reporteros, a nivel local e internacional. Cada cierto tiempo aparece una noticia hablando de los problemas –o soluciones- que esta emigración acarrea. Existen tablas en las que, con fórmulas y detalles, se establece el número de personas que residirán en Puerto Rico para equis año. Por estas razones, el tema se habla constantemente –entre “los de aquí” y “los de allá”- y mis brazaletes anti balas de mujer maravilla no son suficientemente fuertes para responder los cuestionamientos que recibo por haber “abandonado” mi isla.

Tuve la oportunidad de emigrar “de mentiritas” –solo a estudiar- hace muchos años, luego regresé a mi país llena de planes y entusiasmo. Por diversas razones, en un momento dado decidí emigrar “de veras” –a establecerme- y no he pensado en volver. Tomé esta decisión pensando en mi futuro, no pensando en lo bien o mal que pueda estar la isla; después de todo “Puerto Rico lo hace mejor”. Se me hizo difícil –y aún lo es- dejar familiares envejecientes, amistades de toda la vida, el olor a campo, la brisa del mar, las piraguas en San Juan, las conversaciones en Río Piedras y lo fascinante de Santurce. A cada rato pienso que mis abuelos pueden faltar un día y yo no estaré allí para despedirme, que mi papá necesita ayuda con las plantas y que mi mejor amiga y yo nos debemos una fría para celebrar casi 30 años de amistad.

Es difícil. Lo es más aun cuando a algún descerebrado se le ocurre decir estupideces de “los otros”, los que se fueron o los que se quedaron. Se tiende a actuar como si, por primera vez, la esencia del puertorriqueñismo fuera una Panguea en división; lo es, siempre lo ha sido. El emigrante y el inmigrante –aunque no se quiera aceptar- transforman nuestra cultura, nuestras tradiciones y nos ayudan a crear puntos de vista diversos. Esto es normal, ocurre en cientos de lugares en estos momentos y ha ocurrido desde que el primer ser humano puso pie en la tierra; sin embargo, reconociendo cuán normal es este tipo de asunto, duele ser tratada de “otra” por no haber tomado las decisiones que otros esperaban de mí. Panguea se divide y deja de existir como súper continente, pero sus pedazos se unen y desunen constantemente.

La más reciente ocasión en la que me trataron de “otra” –por no haberme quedado-, lo hizo una persona a quien aprecio mucho y de quien jamás pensé escuchar ese tipo de comentario. (Evito el comentario para evitar malos entendidos.) Luego de nuestra conversación, manejé a casa escuchando música infantil brasileña para alegrarme. Entre las canciones encontré la del marinero de Bahía que parece no pertenecer a ningún lugar. La escuché cinco veces, hasta que una lagrimita se asomó en mi ojo izquierdo y mi hijo mayor anunció que tenía sueño. Llegué a mi casa, acosté a mis hijos para que tomaran su siesta y volví a escuchar la canción.

Reconozco que ya no soy quien fui y debo aprender a ser “la otra” entre aquellos que pensaba mis iguales; pero también soy “la otra” estando aquí, soy la voluptuosa con acento. Soy la marinera que constantemente debe embarcar; la marinera que nunca encuentra su lugar; la marinera aprendiendo a nadar.

Ô, marinheiro, marinheiro 

Marinheiro só 

Ô, quem te ensinou a nadar 

Marinheiro só 

Ou foi o tombo do navio 

Marinheiro só 

Ou foi o balanço do mar 

Marinheiro só

Foto- Peter Kirkeskov Rasmussen.