La hormiga más rápida del oeste

Por- María Parés Ramírez

Imaginen el siguiente cuadro: Mamá se levanta y prepara todo para llevar a sus niños al parque. La familia llega al parque, se divierte muchísimo. El hijo mayor decide caminar para ver qué más tiene el parque que ofrecerle; mamá toma en brazos al hijo menor y lo sigue. El hijo mayor se aprieta el cuello mientras grita como nunca antes lo había hecho. Mientras grita, corre desorientado en círculos, con cara de estar pasando un dolor intenso. Para, comienza a vomitar, a sí mismo, a su mamá y a su hermano menor.

En este momento mamá tiene varias alternativas: a. darle un buen golpe para que aprenda a comportarse; b. llevarlo a la casa y continuar el día como si nada hubiese ocurrido; c. buscar ayuda de algún profesional que pueda verificar la marca roja en el cuello de su hijo. Como mamá no puede imaginar su vida sin sus pequeñines, opta por la tercera opción.

Mamá monta a los hijos vomitados en el auto, maneja hasta encontrar una estación de bomberos y se detiene a tocar la puerta. Luego de tocar, gritar y patear la puerta en plena desesperación, y con dos niños llorando en sus brazos, mamá repite el proceso antes mencionado en este párrafo. Ahora maneja hasta un centro de urgencias donde los empleados se preocupan más por el nerviosismo de mamá que por el hijo que tiene medio cuello rojo y apesta a vomito. El hijo menor tiene hambre y el mayor no quiere comer. La familia espera su turno.

Entran al cuarto de examen y una enfermera busca saber la razón de la visita. Mamá puede decir varias cosas: a. al nene lo picó algo; b. necesito que verifiquen una picada en el cuello de mi hijo; c. todo comenzó esta mañana, cuando decidí visitar un parque diferente al usual… (en este momento se procede a hacer la mejor interpretación melodramática del suceso). Mamá quiere dar a entender lo tenebroso del caso, selecciona la última opción.

Llega el doctor y examina al niño. Luego de asegurarle a mamá que no es la picada de una viuda negra, una tarántula u otro arácnido asesino, procede a recetar una crema que ayuda con las picadas de hormigas. (Nadie se explica cómo llegó al cuello tan rápido, sin ser sentida.) Todo parece indicar que el hijo mayor tuvo una reacción alérgica.

Al final del día el hijo mayor se sentía mejor y pudo comer; el hijo menor siguió comiendo sin dificultad -como siempre-; mamá se había comido todas las uñas.

Foto- Christiaan Triebert CC