Mis ratoncitos de laboratorio

Por- María Parés Ramírez

Hace poco estuve escuchando por radio acerca de un estudio hecho con ratones “jóvenes” de laboratorio (que imagino serán los estereotípicos ratones blancos, pero de pocos días de nacidos). En el experimento conducido en Inglaterra, formaron dos grupos de ratoncitos y los sometieron a una variedad de pruebas estresantes -¡Qué desdicha haber nacido ratón de laboratorio y no cocodrilo!-. Al finalizar las pruebas, los integrantes del primer grupo se quedaban solos en su cajón, mientras los integrantes del segundo grupo eran reunidos con su mamá en un cajón similar.

Creo que, dada esta referencia, se podrán imaginar los resultados. El primer grupo mostró señas de incomodidad y latidos acelerados por mucho más tiempo que el segundo grupo. A largo plazo, estos ratones se convirtieron en los “bullies” del laboratorio, siendo los miembros más violentos, tanto con los investigadores como con el resto de los ratones.

En el segundo grupo, las madres acogieron pronto a sus hijos, los olfatearon y mantuvieron muy cerca. Su ritmo cardiaco bajó rápidamente y comenzaron a actuar normalmente (pienso que como antes de haber sido sometidos a las pruebas). Los integrantes de este grupo no mostraron violencia significativa hacia sus compañeros o maltratantes, perdón, investigadores.

Luego de escuchar todos estos datos pensé en las madres que han tenido que escuchar comentarios acerca de su estilo de crianza: “No lo añoñes”, “Se va a criar mamalón”, “Mira que mama’s boy”. Aunque la crítica va dirigida mayormente a madres con hijos varones (porque a las mujeres nos encanta atacarnos las unas a las otras), también se escucha al padre que es criticado por tener una “daddy’s girl” – la nena de papá-. En general, parece ser más fácil criticar que respetar o tratar de entender razones.

En mi casa, mis hijos son amados. No sólo mis hijos, mis sobrinos de sangre y los putativos son amados, bien recibidos y, en ocasiones, añoñados. Estribo ofrecerles a todos un lugar seguro donde nadie los moleste por su físico o su manera de hacer las cosas; que reciban apoyo, no burlas; que puedan ser ellos mismos sin temor a miradas o comentarios. Yo sé que todas esas cosas ocurrirán y no hay muchas maneras de detenerlo, pero yo les puedo dar un descanso. Ojalá pueda proveer a mis hijos y sobrinos un espacio para recargar su energía y sentirse bien. Que conste, mi casa no es la casa del hada madrina donde todos los sueños se hacen realidad. Ni lo es ahora ni me parece que lo será próximamente. Dar amor no significa complacer cada antojo.

Luego de una mal día – la llamaron gorda, rompieron su juguete favorito, no quisieron jugar con él- cada criaturita merece sentir amor y estabilidad. Ese amor es necesario para promover su autoestima y ayudarlos a entender que, aun en el peor día, hay cosas buenas por las que vale la pena sonreír. La confianza que se crea entre padres e hijos en un ambiente de amor es esencial para la sana convivencia en el hogar, durante su niñez y cuando le toque crear su propio hogar.

A los que piensan que no es importante proveer un ambiente seguro y lleno de amor a sus hijos, les exhorto a que se unan a los muchos que se preguntan por qué hay tanta violencia y gente irrespetuosa en la calle. Nuevamente, al parecer, criticar es más fácil que tratar de entender.

Cada familia muestra su amor de manera diferente y cada criatura responderá a ese amor según su personalidad; lo importante es que exista. Mientras yo pueda, seré una mamá ratona, con un nídito seguro para acurrucar a mis ratoncitos.

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