Cerebro en pausa

Por- María Parés Ramírez

No hay mejor manera para describir cómo me siento durante el tercer trimestre de embarazo: cerebro en pausa. Por segunda vez en mi vida -la primera vez durante el embarazo de mi primer hijo- siento que soy un animal siguiendo su instinto, o una maquina programada para sobrevivir de un día a otro. Se me hace difícil crear una frase inteligente, no escribo correctamente, se me olvida todo y no me fijo en nada.

Por favor, no esperen que hable “sin meter las patas”, menos que halague el nuevo estilo que te hiciste en el pelo, muchísimo menos que llegue a tiempo a algún lugar. Gracias a un momento de lucidez, reconocí que esta no era la primera vez que me sentía así, pero no era mi forma usual de ser, por lo que decidí buscar en la omnipotente Internet qué rayos me pasaba. Para mi alivio, no soy la única preñada olvidadiza y cabeza hueca en el mundo. Debo añadir que tampoco soy la única curiosa acerca del tema; artículos publicados en Journal of Clinical and Experimental Neuropsychology lo demuestran.

Aún mejor, encontré a quien echarle la culpa: hormonas, hormonas, hormonas. Las hormonas que te abren el apetito de chicharrón bañado en chocolate a las tres de la madrugada también te bloquean el cerebro. Esas estúpidas hormonas que te hacen llorar viendo una película de niños –y esto es un asunto serio-, son las responsables de que salgas del supermercado con $75 en compra y llegues a la casa sin pan, lo único que debías comprar. A esas hormonas, añade la falta de sueño y un tren de pensamientos dentro de tu cabeza que no hay manera de detener. Para personas que usualmente piensan, vivir de esta manera es horrible.

Me consuela saber que mi cerebro funcionará algún día, y haré el ridículo con conciencia plena, “como Dios manda”. Por ahora, me ocupo en vivir cada día tratando de ser lo más productiva posible; hasta tengo un método para ayudarme. El método no es extravagante, pero funciona: lo escribo todo.

Cada día de mi calendario está marcado, indicando: actividad, hora y lugar. Cuando voy de compras, llevo una lista detallada de lo necesario en la casa, y las cantidades. Añado: mientras estoy en el supermercado, no suelto la lista ni me desvío en mi camino. Hago todos los pagos posibles al principio de mes para no olvidar ninguno, odio que me cobren por retrasos. Ya que, más de una vez, se me ha olvidado comer, hago que la alarma del teléfono me recuerde que lo debo hacer.

Definitivamente, no es así como deseo vivir por siempre, pero debo pensar que es algo pasajero. Mejor aún, debo entender que, además de los cambios hormonales que estoy viviendo, mi mente tiene un nuevo objetivo: asegurar que mi mente, mi cuerpo, mi casa y todo lo que me rodea esté listo para la llegada del nuevo inquilino.

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