La Yerba Mate



Por-Peregrina

Cuenta la leyenda guaraní que antes de que Yací bajara, los hombres estaban tan ocupados en sus propios que haceres que apenas se miraban o conversaban un poco. Yací era inmensa, refulgente, poderosa. Era magia y luz. Yací era la luna que alumbraba cada noche las copas de los árboles y los caminos, pintando de color plata el curso de los ríos y revelando los sonidos, que sigilosos, se escondían en las penumbras de la selva. Una mañana, Yací bajó a la tierra, acompañada por la nube Araí. Convertidas en muchachas, caminaron por los senderos apartados de la aldea, entre el laberinto de sauces, lapachos, cedros y palmeras. Y entonces, de improviso, se presentó un yaguareté.


Un cazador guaraní las defendió y como obsequio a su valentía, encontró ante su puerta una planta nueva al día siguiente. En un sueño, se le presentó la misma Yací para agradecerle, y le dijo que caá, como iba a llamarse en lengua nativa, con sus hojas, tostadas y molidas, a modo de infusión, acerca los corazones y ahuyenta la soledad.

 Otra versión atribuye a Yarí, una joven que se convirtió en cazadora al dejar su tribu nómada para cuidar a su padre muy enfermo, el regalo de Tupá, Dios creador guaraní, por su hospitalidad.



Lo cierto es que los primeros cultivos del árbol fueron una industria jesuíta ya en el siglo XV. Sus misiones, ubicadas en Brasil, Paraguay y Argentina, les pusieron en contacto con la planta, que hasta entonces crecía silvestre. Solo bajo alteración-domesticación puede crecer en otro ambiente. Tras encontrar el secreto, se empezó a transportar la yerba a través el Río Paraná por todo el Virreinato del Río de la Plata.

Cien millones de kilos de yerba mate se producen en la actualidad en Sudamérica, principalmente en Misiones, provincia Argentina que lleva su nombre por los jesuítas, y que a su vez encuentra frontera con Paraguay y Brasil. Aunque se creía que la mateína era su principal componente, resulta ser la cafeína la que logra su efecto energizante, capaz de estimular el sistema nervioso central, combatiendo la fatiga y favoreciendo la concentración, ademas hacerlo un buen laxante.

Las propiedades que se le atribuyen son similares al té verde, aporta vitaminas B1, B2, aminoácidos, hierro, magnesio, sodio y potasio. La realidad es que es el major antídoto contra el frío del sur y la mejor excusa para juntarse a hablar y compartir. Un mate caliente no se le niega a nadie y ayuda como nada a esperar el fin del invierno. Los pueblos originarios lo hicieron así por cientos de años.



El escritor argentino Julio Cortázar, describe en el capítulo 19 de Rayuela que

Oliveira cebó otro mate. Había que cuidar la yerba, en París costaba quinientos francos el kilo en las farmacias y era un yerba perfectamente asquerosa que la droguería de la estación Saint-Lazare vendía con la vistosa calificación de “maté Sauvage, cueilli par les indiens”, diurética, antibiótica y emoliente. Por suerte el abogado rosarino -que de paso era su hermano- le había fletado cinco kilos de Cruz de Malta, pero ya iba quedando poca. “Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde”. Estudiaba el comportamiento extraordinario del mate, la respiración de la yerba fragantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua la estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes. Hacía rato que a Oliveira le importaban las cosas in importancia y la ventaja de meditar con la atención fija en el jarrito verde estaba en que a su pérfida inteligencia no se le ocurriría nunca adosarle al jarrito verde nociones tales como las que nefariamente provocan las montañas, la luna, el horizonte, una chica púber, un pájaro o un caballo. “También este matecito podría indicarme un centro”, pensaba Oliveira (y la idea de que la Maga y Ossip andaban juntos se adelgazaba y perdía consistencia, por un momento el jarrito verde era más fuerte proponía un pequeño volcán petulante, su cráter espumoso y un humito copetón en el aire bastante frío de la pieza a pesar de la estufa que habría que cargar a eso de las nueve). “Y ese centro que no sé lo que es, ¿no vale como expresión topográfica de una unidad? Ando por una enorme pieza con piso de baldosas y una de esas baldosas es el punto exacto en que debería pararme para que todo se ordenara en su justa perspectiva.” “El punto exacto”, enfatizó Oliveira, ya medio tomándose el pelo para estar más seguro de que no se iba en puras palabras. “Un cuadro anamórfico en el que hay que buscar el ángulo justo (y lo importante de este ejemplo es que el hángulo es terriblemente hagudo, hay que tener la nariz casi hadosada a la tela para que de golpe el montón de rayas sin sentido se convierta en el retrato de Francisco I o en la batalla de Sinigaglia, algo hincalificablemente hasombroso)”. Pero esa unidad, la suma de los actos que define una vida, parecía negarse a toda manifestación antes de que la vida misma se acabar como un mate lavado, es decir que sólo los demás, los biógrafos, verían la unidad, y eso realmente no tenía la menor importancia para Oliveira. El problema estaba en aprehender su unidad sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como el vórtice de un torbellino y no la sedimentación del matecito lavado y frío.

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